11 febrero, 2007

Flying Winemaker

Flying Winemaker: dícese de aquel enólogo que pasa su vida en el avión, por oposición al que no se separa de la viña que le da su fruto, de los vinos que están creciendo en la bodega y del equipo de personas que hacen posible que un buen vino sea lo que es.



Leo en Decanter (versión electrónica) , que el enólogo consultor Michel Rolland (uno de los protagonistas principales del documental "Mondovino") deja una veintena de sus actuales clientes, entre ellos Château Kirwan en Burdeos, "por exceso de carga de trabajo". La noticia de que abandonaba Château Kirwan (o más bien de que "le invitaban a irse", como apunta Dr. Vino en su excelente blog), ya la había leído hace unos días.

Pero lo que me invita a la reflexión no es tanto el número de bodegas que deja Michel Rolland, sino todas las que eran clientes suyas: un total de 100. Lo que significa que, incluso después de tomar la decisión de eliminar parte de su carga de trabajo, Michel Rolland sigue asesorando a la friolera de 80 bodegas. Ochenta bodegas repartidas por todo el mundo.

Yo, iluso de mí, que entiendo la labor de elaboración del vino (y siempre creí que Michel Rolland se centraba en ese aspecto) como algo muy pegado al viñedo, que hay que vivir "in situ", me quedo muy sorprendido. No alcanzo a entender de qué forma se consiguen atender 80 bodegas con sus correspondientes vinos en los 365 días que tienen los años de todo mortal. Exactamente, has hecho la cuenta bien: cuatro días y medio por bodega. Sin tomar vacaciones, claro.

Claro que posiblemente es cosa mía, que no estoy entendiendo "de qué va esto del vino".

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5 Comments:

Blogger J. Gómez Pallarès said...

Yo he hablado de este tema con algunas de las personas que hacen este trabajo desde la vertiente que tú y yo entendemos de la misma forma, es decir, la enología desde la viña hasta la botella. Pero estos "enólogos voladores" no intervienen en la viña y su éxito se basa, siempre, en que las empresas que les contratan tienen a muy buenos capataces a pie de cepa, tienen buenos enólogos que controlan todo el proceso y ellos apenas se dedican a los cuatro consejos sobre la vinificación y al ensamblaje final de aquello que será el vino. Por supuesto, todos empezaron a pie de viña también, pero el éxito de haber sabido construir, con su nombre y sus primeros vinos, una "marca", hace que venden ahora eso, una "marca" que otras bodegas compran para poner en su publicidad y en sus etiquetas.
A mí no me gusta, pero ya se sabe, el mercado es el mercado y si vendes algo y alguien te lo compra...pues eso.
Saludos!
Joan

11 febrero, 2007  
Blogger SobreVino said...

Joan,

Pues efectivamente es lo que parece. Esa "marca" debe ser de ayuda para las bodegas cuando "la compran". Ojo, que no estoy criticando la labor de los Flying Wine Makers. Mi irónica definición venía a que me sorprende como se pueden llevar 80 o 100 bodegas. Obviamente con ese número de clientes no se puede llegar mucho más allá de dar 4 consejos...

También es de ayuda para muchos aficionados saber si un determinado FWM está detrás de un vino; a menudo deja su impronta, y sabiendo si se conecta o no con su forma de entender el vino uno se puede ahorrar alguna decepción.

Y claro, supongo que tener un enólogo-consultor bien conectado también es de ayuda :-(

Un abrazo, Joan,

Sobre Vino

11 febrero, 2007  
Anonymous nopisto said...

A mi el concepto tampoco me gusta. es mucho más romántico el enólogo pegado a la tierra. Lo que pasa es que luego pruebas el resultado y ves que Rollan hace algunos vinos muy grandes, entre ellos cosas tan diferentes como el Leoville Poyferre o el Noemía Patagonia.

12 febrero, 2007  
Blogger J. Gómez Pallarès said...

Tienes razón amigo Nopisto, pero a mí me gustaría saber (porque no lo sé lo digo, vaya) hasta dónde llega, en cada caso, la repercusión de las decisiones del enólogo volador. Quiero decir que habiendo vivido el proceso desde la poda de la planta hasta el embotellado, tengo muy claro que el vino bueno se hace donde se hace y no suele ser en el ensamblaje. Por ello, estoy seguro que habría que distinguir entre esta multitud de enólogos voladores, entre los que pueden llevar un control de decisiones a pie de viña o de bodega, y los que dan instrucciones por mail o teléfino y visitan la bodega una o dos veces al año. En este segundo caso, creo que el mérito de un buen vino es más bien de quien está a pie de viña y, después, a pie de fermentación, etc.
Saludos,
Joan

12 febrero, 2007  
Anonymous pisto said...

La verdad, no veo el problema. Queremos saber tanto de lo que nos bebemos que nos preocupamos hasta del nombre del chófer del enólogo asesor.

¿A quién le importa? Parafraseando a James Carville: "It's the wine, stupid".

Hay quienes dicen que Michel Rolland sólo pone nombre. Gracias a él probamos vinos que pasarían desapercibidos. Y salimos ganando.

Otros dicen que los vinos de Michel Rolland se parecen. ¿Y qué? También se parecen Chateau Latour y Chateau Margaux y no veo a nadie rasgándose las vestiduras.

Ah, ¿que Rolland hace vinos de un determinado perfil primando la madurez alcohólica y fenólica y cambiando los parques de barricas viejas por barricas nuevas? ¡¡¡Tráiganlo a España rápido, por favor!!!!

Los vinos de Rolland que he podido probar son limpios, no tienen defectos y, en general, dicen que son mejores que los que hacía la bodega antes de que él asesorara.

No está a pié de viña, como ocurre en casi cualquier bodega de cierto tamaño, donde hay un responsable de viñedo y otro de vinificación. A ver si se creen que en Chateau Margaux sale Frederic Engerer a podar los martes de marzo a las 9 de la mañana.

En fin, retomando la proposición de Carville, propongo que disfrutemos de los vinos a partir de lo que nos ofrecen en la copa y nos despreocupemos un poco de detalles poco relevantes.

15 febrero, 2007  

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